GRADES TEXTOS
Laura M. Cheethon
“Prefiero una y mil veces la fiereza de todos los animales salvajes a las traiciones de los hombres”; la frase es de Marguerite Yourcenar, homónima y amiga, pero Marguerite Duras dijo siempre que el pasaje literario de ‘Memorias de Adriano’, de la escritora belga y norteamericana, es una definición tan certera que “a mí me hubiese gustado haberla escrito”
Marguerite Duras, cuyo nombre de pila era Marguerite Donnadieu Legrand, nació el cuatro de abril de 1914 en Gia Dinh, cerca de Saigón, en el sudeste asiático, entonces llamado Conchinchina por el colonialismo francés. Con dieciocho años, ya en 1932, fue repatriada a Francia con su madre, Marie Legrand, y su hermano menor. Estudia en la Sorbona, licenciándose en Derecho y Ciencias Políticas y, como militante comunista, participó en la resistencia contra los nazis; fue detenida y deportada a un campo alemán. Sus primeras novelas, Les impudents, 1943, y La vie tranquille, 1944, seguían el modelo narrativo sajón; pero con Un barrage contre le Pacifique, 1950, identifica su personal estilo de amor y muerte que, en definitiva, serán constantes únicas hasta su muerte en 1996, hace cinco años. Escribió también Le marin de Gibraltar, 1952; Des journées entières dans les arbres, 1954; Le Square, 1955; Moderato cantabile, 1958; Hiroshima, mon amour, 1960; Detruire, dit-elle, en 1969; Abaha Sabana David, en 1971; e India Song en 1974. Aunque quizás tengan más relevancia sus novelas autobiográficas, como L’amant (Premio Goncourt 1984), La douleur, 1986; y L’amant de la Chine du Nord, 1990, profunda revisión de las dos anteriores.
Al recibir el Premio Goncourt, hizo gala de una especial socarronería, refiriéndose al nuevo lector que, atraído por el reclamo del galardón acude como cette troupe de pingouins. Aborrecía el oportunismo cultural y, por supuesto, cualquier premio. Su creatividad compulsiva estaba por encima de todo lo demás, muy lejos de esa gloria fácil, pues cuando la gloria llega, se abate sobre alguien, el objeto que la ha provocado está ya escrito, sucedido, hecho, y las obras se contabilizan en las columnas de la muerte.
No faltan las consabidas referencias al romance adolescente con un millonario chino que le doblaba la edad y su adicción al alcohol y al tabaco. Marguerite Duras era una mujer atormentada por el desamor maternal, sobrepasada por la ira y los desengaños de su existencia solitaria, plagada de sueños trágicos, amor y odio. Poco antes de que Andrea irrumpiera en su vida, declaró que hace más de diez años que vivo sola y es la vida más generosa que he tenido. Tenía sesenta y ocho años. Él, treinta. Antes, mucho antes de que formaran pareja, Marguerite Duras ya había vivido todo lo que he podido vivir. Su vida en Vietnam la marca la muerte de su padre y la estrechez económica; tenía cuatro años cuando su madre se convierte en padre, la que se gana la vida, la que protege contra la muerte y contra la enfermedad; mi madre nos quería, pero no fue tierna. En un relato alude a su madre con cierta tristeza, recordando que ella ignoró siempre una parte de mi vida.
Quizá son más clarificadoras otras etapas decisivas de su biografía. En 1939, Marguerite se casó con Robert Antelme. En 1942, pierde un hijo en el parto, fecha en la que su hermano Paul fallecía en Saigón. En 1943, participa activamente en la Resistencia contra el nazismo alemán, entablando amistad con Albert Camus, Jean Paul Sarte y Simone de Beauvoir.
En 1944, se afilia al Partido Comunista Francés (PCF), donde militó, que abandonó diez años después, no por los objetivos que persigue, que comparto, sino por el contradictorio puritanismo falso, trufado de machismo y de intolerancia, pues comunismo es liberación colectiva, en la que está integrada la liberación individual y personal; no podía soportar tal hipocresía, en la que el comportamiento con las mujeres es intolerable; sí, hay ejemplares luchadores, pero muchos dirigentes practican la doble moral, ya que manifiestan su puritanismo ante los demás, pero luego son corruptos, acosadores sexuales con sus camaradas y, ya por último, en sus relaciones familiares, no son nada modélicos. En 1945, fundaba una editorial, La cité Universell, junto a Robert, entonces su marido. En 1946, Marguerite y Robert deciden divorciarse.
En 1947, nació Jean, hijo de Marguerite Duras y Dionys Mascolo. Entre los años 1950 y 1960, Marguerite Duras mantiene una dura oposición pública contra la represión francesa en Argelia. Desde 1958, escribe sin desmayo, repartiéndose entre París, Neauphle-le-Chateau y Trouville.
En 1968 participa activamente en la vida política y en el Mayo del 68 francés. En 1980, Yeann Andrea Steiner se instala en su casa de Trouville. En 1981, se manifiesta públicamente contra el golpe militar del 23-F, condenando a la Corona española como hacedora del mismo, y continuadora barnizada de la sanguinaria dictadura franquista.
En 1984 obtuvo el Premio Goncourt. Entre 1988 y 1989, Marguerite Duras sufre graves trastornos físicos, para ya en 1990 manifestarse abiertamente contra la imparable deshumanización que azota a todo este planeta. En 1994, como Sócrates, dijo que ante la impotencia que siento, y la imposibilidad de solucionar los problemas que veo, tengo ganas de acabar con esta hiriente vida que padezco. En el año 1996, Marguerite Duras muere en París, quince días después de exigir la Revolución mundial para evitar el holocausto que aniquile a la Humanidad viviente.
A través de la recopilación de sus textos, publicada en 1988, se supo que reconocía con crudeza que ahora no quiero ya a mi madre; aunque nunca dejó de tener unos vínculos con ella, hasta el día de su muerte. El triste episodio de su biografía lo recordaba Marguerite Duras en un texto publicado en el diario Le Monde, en 1977, donde decía que sus últimas palabras fueron para llamar a mi hermano mayor. Sólo exigió una presencia, la de aquel hijo. Yo estaba en la habitación, les ví besarse, llorando desesperados al separarse. Ellos no me vieron.
La ruptura entre ambas vino por su dedicación literaria; lo que las separó para siempre, según la autora, fue cuando tuve a mi hijo y por la película ‘Dique contra el Pacífico’. La oposición materna sólo se mitigaba cuando Marguerite recibía críticas elogiosas sobre algunos de sus textos; entonces sí, entonces Marie Legrand, sensible al éxito de su hija, presumía de su contribución, como una gran maestra, en la educación de su hija. En 1931, después de la muerte de su madre, se trasladaría a París.
Participó en la Resistencia contra los nazis durante la Segunda Guerra mundial. De sus aceradas críticas tampoco se salvaría el cínico Mijail Gorbachov, enemigo mortal de la humanidad, como ella lo consideraba. Pero su gran blanco fue Mitterrand.
Muchísimas y repetidas veces lanzó contra François Mitterrand acusaciones muy graves, y durísimas palabras, al que acusó de colaboracionista, asesino y torturador; pero asimismo, criticó sin misericordia alguna a los burócratas de Amnistía Internacional y, al final de su vida, se lanzó en picado contra las ONG, puesto que todas ellas, sin excepciones, colaboran con el Sistema; aunque digan que están contra las injusticias, lo que hacen realmente es atenuar la rebelión social, impedir la organización política y destruir las vanguardias.
En una elocuente carta que le envió a su amiga Marie Coquille, la última, escribe una condena sin paliativos contra las ONG, puesto que el daño que producen afecta a la resistencia contra la barbarie y la injusticia de este intolerable mundo. En otros párrafos de la extensa carta que, a modo de testamento, remitió a su amiga Marie Coquille, dice que no tengo duda alguna al decir esto, pues sé muy bien que el rol que cumplen es precisamente el que querían sus creadores; debo recordarte, adorada Marie, que las ONG fueron creadas por Naciones Unidas a instancias de los gobiernos de Estados Unidos, Canadá y Alemania. Hoy ya sé, con todo lujo de detalles, que todas colaboran directa o indirectamente con ese Sistema de oprobio y miserias. Hace unos días, asistí a un espectáculo inaudito; estuve en un acto por la paz, ¡vergonzoso acto!, convocado por las ONG parisinas; pues bien, ¿sabes quien clausuró el encuentro que te digo? Nada más y nada menos que el mismísimo François Mitterrand. Como tú bien sabes, Mitterrand fue colaboracionista con los nazis, diseñó los planes asesinos contra el pueblo argelino y, todavía hoy, está considerado un patrocinador de las barbaries y agresiones que planifican gobernantes, militares y financieros de Estados Unidos. ¡Claro! Ya lo sabes tú. Pero vamos a lo que íbamos. Por nuestro buen amigo Pierre, que me atiborra siempre de documentos, supe hace poco tiempo que las ONG tienen sus topos en todas estas dichosas y malhadadas organizaciones de caridad miserables y peligrosas, aunque he de decir que, lamentablemente, dentro tienen también a muchas personas que colaboran así, creyendo que están haciendo lo que debían hacer; otros, estoy segura, ‘militan’ ahí para sublimar sus ocultas frustraciones, no me cabe la menor duda. Pero como te decía, por Pierre me entero que entre los que se han profesionalizado en las ONG, y me figuro que de manera encubierta (aunque Pierre dice que hay mucho entontecido y lo hacen a cara descubierta), una gran mayoría asesora al propio Gobierno, a la Delegación de Cooperación gubernamental y al mismísimo Comité de Naciones Unidas, responsabilizado de las relaciones con ONG. Su indignación incontenida llegaba a todo y a todos, pero la derecha francesa fue la diana prioritaria de sus invectivas. Echaba pestes contra Jacques Chirac y Valéry Giscard d’Estaing; especial y permanentemente contra Le Pen. Si hubiera llegado al poder, yo habría huido al extranjero el mismo día. Su ingente labor creativa y literaria abarcaba periodismo, teatro, narrativa y cine. Rodó 19 películas, entre ellas cuatro cortometrajes de contenido político. Su calidad literaria y progresista está fuera de cualquier duda. Para finalizar, recurrimos a un párrafo escrito por Marguerite Duras en el año 1982, donde decía que soy más escritora que ser vivo, que alguien que vive; en mi vivencia, soy más escritora que alguien con vida. Así me veo. Así vemos nosotros a Marguerite Duras cuando se han cumplido cinco años de su muerte.
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